1.- CARTA DE HERNAN LOPEZ ECHAGÜE A ESTELA CARLOTTO SOBRE EL APOYO PRESTADO POR CARLOS RUCKAUF A SU CANDIDATURA.
Estimada señora Estela de Carlotto:
Enterado del contento que le ha
causado el propósito de Carlos Ruckauf de candidatear al Premio Nobel de la Paz a la
organización que usted preside, y leídos los argumentos que el gobernador de la
provincia de Buenos Aires esgrime, no puedo menos que formularle algunos comentarios al
respecto.
Dice Ruckauf en su misiva:
"Todo se hizo sin que se
verificara un solo hecho de 'justicia por mano
propia', ni una sola actitud de venganza personal pese a la inverosímil crueldad de matar
(la mayoría de los casos en tortura) a sus hijos y secuestrar a sus nietos".
"En marzo de 1976 un golpe de
Estado de las Fuerzas Armadas desalojó al
gobierno constitucional y una política de terror y avasallamiento de los
derechos sociales e individuales se instaló en la República Argentina".
Y, en relación a la propuesta del
gobernador de la provincia de Buenos Aires, dijo usted, Estela: "La historia de
Ruckauf es similar a la de tantos
políticos".
Es mi obligación, como escritor,
como periodista de investigación, y, por sobre todas las cosas, como persona que sufrió
de diversas maneras la barbarie, informarle que los dichos de Ruckauf están fundados en
la hipocresía, y que su historia no es similar a la de tantos políticos.
Después del golpe de marzo de 1976
el entonces ex ministro de Trabajo del gobierno de Isabel, Carlos Federico Ruckauf,
recibió la protección del almirante Emilio Eduardo Massera. En más de una oportunidad
Ruckauf se acercó al despacho del hombre que regenteaba el campo de exterminio que todos
conocemos como ESMA. Sobran los relatos. Semejante relación de complicidad y amistad hizo
que Massera encomendara al suboficial de la Policía Federal Ramón Ramírez la custodia
de los pasos de Ruckauf. Ramírez, en diálogo que tengo grabado, confiesa que durante la
dictadura protegió a Ruckauf mientras llevaba a cabo otra tarea: ser custodio del
intendente Osvaldo Cacciatore. Y, entonces, en tanto las personas desaparecían, mientras
las mujeres secuestradas y embarazadas eran despojadas de sus hijos en la ESMA, Ruckauf
salía a pasear con Ramírez: iba al teatro Colón; iba al teatro Coliseo para
desgargantarse de la risa con Les Luthiers; iba a los actos escolares de sus hijos.
¿Necesita, usted, Estela, fuentes? Las cito en mi libro, EL HOMBRE QUE RÍE. Ramón
Ramírez; el actual diputado nacional Alfredo Allende, que en más de una ocasión
acompañó a Ruckauf hasta el edificio de la Armada.
Le ruego que, en honor a los nietos,
en honor a todos los desaparecidos, estudie con todo detalle la trayectoria humana de un
hombre que, movido al parecer por cuestiones proselitistas, pretende resultar ahora un
hacedor de causas nobles.
Para mayor información, en el
archivo MASSERA.DOC le adjunto el capítulo de mi libro donde relato las relaciones de
Ruckauf con esa dictadura que, dice él hoy, era terrible. Dictadura en la que se paseó
con placer, y, en particular, haciendo gala de pocos escrúpulos.
Le hago llegar un beso y todo mi
afecto. Hernán López Echagüe TE/FAX: 00598-544-7372 [Fuente: Carta enviada por la
Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Buenos Aires, el 30dic00
2.- SOBRE LA ACTUACION DE RUCKAUF Y
MASSERA DURANTE LA DICTADURA.
La certidumbre de que un golpe
militar se avecinaba, sumerge a Ruckauf en un gran miedo. Le teme a todo. Al ERP, a
Montoneros y, en particular, a su propia trayectoria. Sin embargo, actúa con sabiduría y
atrevimiento. El 26 de diciembre, días después del malogrado ataque del Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) contra el cuartel militar de Monte Chingolo, envía un
telegrama al almirante Eduardo Emilio Massera:
"Hágole llegar Sr. Comandante
General mi profundo pesar por los caídos en los sucesos acaecidos el día 23 del
corriente contra elementos extremistas y mis felicitaciones por la activa y heroica
participación del arma mancomunada con Ejército y Fuerza Aérea en la batalla que se
está librando contra la subversión apátrida con el supremo sacrificio de sus
vidas".
¿Un ministro de Trabajo
dirigiéndose de tal modo a un jefe militar? El asalto al Batallón de Arsenales 601
"Domingo Viejo Bueno", en Monte Chingolo, en el mediodía del 23 de diciembre de
1975, condujo al ERP hacia el abismo. "Será la acción revolucionaria más grande de
la historia de Latinoamérica", había dicho Roberto Mario Santucho. Las Fuerzas
Armadas, advertidas por un guerrillero desertor que como primera oreja buscó la del
entonces intendente de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde, tendieron una ratonera perfecta.
La represión fue feroz y desmesurada: entre miembros del ERP y habitantes de las villas
aledañas al cuartel (que ninguna relación habían tenido con el frustrado copamiento)
los militares mataron a cientos de personas. Nunca pudo saberse con precisión cuántos
fueron asesinados, porque la mayor parte de los cuerpos tuvo como destino la fosa común.
El almirante Massera recibió las
líneas de Ruckauf con gran satisfacción. Al final de cuentas, él y el ministro
empleaban los mismos términos para definir las mismas cosas: subversión apátrida,
elementos extremistas, supremo sacrificio. Y, además, entre la UOM y Massera existía un
compacto romance que se había iniciado en julio de 1974, cuando Lorenzo Miguel y Rafael
Cichello, tesorero de la UOM y gran amigo de Massera, habían acordado con el presidente
provisional Raúl Lastiri obsequiarle al marino el grado de almirante.
Cinco días después de haber
remitido el cálido telegrama, Ruckauf partió hacia su casa en Villa Gessel. A lo largo
de enero el ministerio quedó en manos de Onetto y Martínez. Es decir, ninguna
modificación de relieve en la actividad ministerial. Cada jueves por la tarde, Onetto y
Martínez viajaban a Villa Gessel y le entregaban a Ruckauf los expedientes que debía
firmar. Y Ruckauf los firmaba y después retomaba la caminata por la playa.
Aunque en los mentideros políticos y
en las redacciones de los diarios la gente gastaba el tiempo apostando acerca del día
exacto en que iba a ocurrir el golpe, Ruckauf estaba tranquilo. Erraba por la arena, entre
los médanos, dientes blancos, ojos arrugados de tanta satisfacción, con sus hijos.
Tenía certeza de que el almirante había de retribuir con caballerosidad su gesto.
El ministro, después de todo, no
había hecho otra cosa que llevar a la práctica una de las tantas enseñanzas que su
maestro, Juan Perón, supo echar al viento:
"El oportunismo es el arte de
ser oportuno".
2 -----------"Para la mayoría
de los secuestrados, desde el momento en que iban a buscarlos, empezaba un largo túnel
que desembocaba en la muerte. La máquina de aniquilación se obstinó, con prolijidad, en
borrarlos, moralmente primero, con un itinerario orquestado de humillaciones; físicamente
más tarde, con el suplicio y con la muerte,
y por último materialmente, quemando y hasta triturando los cadáveres,
dispersándolos en la tierra, en el agua, en el fuego, en el aire, con el fin de
hacerlos desaparecer, confundidos con los elementos, entre los pliegues más secretos de
lo anónimo. Durante dos o tres años, los militares se felicitaron de haber instaurado,
como los romanos de Tácito, la paz, hasta que poco a poco, la inconcebible muchedumbre de
sombras que ellos creían haber pulverizado y sacado para siempre del aire de este mundo,
se puso, con obstinación, a volver. El río, el océano, devolvían, periódicos, los
cadáveres; la tierra vomitaba los huesos, los fragmentos de huesos, calcinados pero
irreductibles.
"La opinión pública empezó a
inquietarse; aparte de las familias, de los amigos de los desaparecidos, de los exiliados,
de las organizaciones humanitarias y de una minoría lúcida que desde el primer momento
fue consciente de lo que ocurría, la opinión indecisa, fluctuante, siempre dispuesta a
adoptar la explicación más autogratificante de las cosas, se dejó mecer por la melodía
con la que más frecuentemente se la incita a bailar: el nacionalismo". (Juan José
Saer, El río sin orillas)
Es el teléfono. Suena, con rara
obstinación, a pesar de que son las tres de la
mañana. En la casa de la calle Nicasio Oroño la familia Ruckauf está entregada al
reposo. Marisa, por fin, atiende. Es una voz masculina que dice hablar en nombre de
Lorenzo Miguel; con suma urgencia necesita comunicarse con Carlitos. El tono de la voz es
lastimoso, lleno de agitación y miedo. Una voz que tiene prisa, de modo que es amarrete
con las palabras. El golpe militar, le dice a Carlitos, se ha puesto en marcha; Isabel ha
sido detenida; los militares, a la manera de una jauría cebada, han comenzado a
encarcelar dirigentes políticos y sindicales, diputados, senadores y funcionarios del
gobierno; tropas del Ejército patrullan las calles y nadie, ni el propio Miguel, tiene
idea de lo que pueda llegar a ocurrir. Dicho todo esto la voz desea suerte y se difumina.
A Ruckauf le cuesta creer lo que le han dicho. Horas antes, en el noticiero, había
escuchado las palabras de Lorenzo al término de una reunión con Isabel: "Todo anda
bien, no hay golpe ni ultimátum, volveremos a reunirnos mañana. Ahora iremos a festejar
porque no hay golpe". Lo ataca el pánico. De pronto comprende que la sola gracia de
Massera será insuficiente para sortear el ansia de represión de los militares. Ordena a
Marisa que, con los hijos, se marche de inmediato a la casa de los padres de ella. Y, tras
meter atropelladamente un puñado de ropas en un bolso, buscará refugio en la casa de un
amigo.
Le pregunto el nombre del amigo. Por
un momento el gobernador Ruckauf pierde la sonrisa. Ensancha el cuerpo en el sillón, se
acaricia la nuca. Llevamos poco más de media hora de charla. Guadalupe se ha puesto en
cuclillas, los codos apoyados en la mesa ratona, y, con mirada atenta, cargada de
curiosidad, parece pronta a escuchar una revelación que jamás le ha sido formulada.
"No", dice Ruckauf, "no puedo decirlo". Insisto, y le ofrezco un
argumento que se me antoja digno de consideración: han transcurrido más de dos décadas,
y mencionar en un libro a la persona que en un momento tan azaroso fue capaz de poner a
riesgo su vida brindándole amparo, comportaría más un homenaje que una delación. Pero
Ruckauf se ha empecinado en el silencio. Mece la cabeza en señal de negación, y,
empleando un timbre áspero, raro en él, resuelve acabar con la cuestión: "No, no.
Prefiero que no aparezca".
Una respuesta que sólo sirve para
acrecentar el misterio que existe acerca del destino que le cupo en las primeras semanas
de la hecatombe. Palabras que mueven a teñir de verosimilitud los dichos de Marisa, que
en aquellos meses solía referir a sus amigos que Carlos había pasado una breve temporada
en un retiro espiritual situado en el norte del país.
Aquella madrugada del día 24 de
marzo de 1976, cuando recibió el llamado telefónico, ya no era ministro. A su regreso de
Villa Gessel, en la primera semana de
febrero, se había alejado del cargo por orden expresa de Miguel. Desde luego, Lorenzo lo
había conducido hacia los salones del poder, y al propio Lorenzo le correspondió dejarlo
sin empleo. Es que la dulce ilusión de patria metalúrgica y corporativa que Lorenzo daba
por cierta todavía en diciembre, y cuyos emblemas más visibles y activos en el gobierno
eran Cafiero y Ruckauf, ya causaba en los militares, en particular en el Ejército, un
irremisible fastidio. Videla se lo hizo saber a Isabel, y la Presidente, habituada a
responder con prontitud a los reclamos de los militares, aunque no de igual modo a las
sugerencias de la oposición, suplicó a Lorenzo que tomara medidas. Miguel Unamuno,
hombre de estirpe vandorista, presidente de la Sala de Representantes de Buenos Aires, fue
el elegido de Miguel para sustituir a Carlitos. Emilio Mondelli, presidente del Banco
Central, reemplazó a Cafiero. Mudanzas de escasa importancia, sin embargo, que no
bastaron para apaciguar el sonoro malestar de las Fuerzas Armadas. El día anterior a la
asunción de Unamuno, el Negro Hacha se ocupó de hacer desaparecer las armas y municiones
que llenaban uno de los armarios del despacho de su jefe. En el subsuelo del edificio del
Sindicato del Seguro, junto a las calderas en desuso, en un extraordinario escondrijo que
hasta la fecha perdura --primavera del año 2000--, el fiel Anselmo ocultó el pequeño
arsenal del ministerio de Trabajo.
Las semanas siguientes, pues, y ante
la inminencia del golpe, los hombres
poderosos del sindicalismo se abandonaron a secretas deliberaciones con los militares con
el fin de acordar pactos, negociar futuras prebendas, o
simplemente granjearse la deferencia del poder armado que a los trancos se
encaminaba hacia la Casa Rosada. Victorio Calabró conversaba con el general Roberto
Viola. Miguel y Ruckauf lo hacían con el amigo Massera, quien, por lo demás, hacía
hincapié en el especial afecto que profesaba por la historia y los magníficos logros
alcanzados por el peronismo. Un sentimiento, acostumbraba decir el almirante, que llevaba
en lo más profundo del alma y regía sus pasos.
Miguel y Calabró presumían que el
golpe, a partir de la formación de una coalición sindical-militar, podía evitarse, o,
al menos, posponerse. Indicio evidente de la ciega e ingenua confianza que Miguel había
depositado en los militares hasta último momento, es la solicitada de las 62
Organizaciones que el mismísimo día 24 de marzo, en tanto la Junta militar disolvía de
un plumazo el Parlamento, la CGT y la Confederación General Económica, y los Grupos de
Tareas iniciaban la terrible matanza, aparece en todos los diarios: "El Movimiento
Obrero tiene un profundo respeto por sus Fuerzas Armadas", dice el texto. "Hemos
sentido como propias las heridas que la guerrilla asesina infligiera a sus soldados".
Un apretón de manos, en fin,
inconducente, tardío, y, por supuesto, no
retribuido. Días más tarde Ruckauf habrá de enterarse de que buena parte de los
funcionarios del gobierno de Isabel, y de sus amigos sindicalistas, están detenidos en el
buque 33 Orientales, anclado en el apostadero naval Buenos Aires. Antonio Cafiero, Miguel
Unamuno, Jorge Taiana, José Deheza y Pedro Arrighi; Miguel, Jorge Triaca, Diego Ibáñez
y Rafael Cichello, ex Secretario de Seguridad Social; el ex presidente Raúl Lastiri; el
periodista Osvaldo Papaleo; el asesor de López Rega, y ex secretario de Isabel Perón,
Julio González; el ex gobernador de La Rioja, Carlos Menem; el ex embajador Jorge
Vázquez. Personas sin duda alguna agraciadas. Sus nombres, al final de cuentas, figuraban
en el Acta de Responsabilidad Institucional; habían sido detenidos de manera abierta y
amable, otorgándoseles tiempo suficiente para despedirse de sus familiares y empacar ropa
y utensilios en una valija. Por lo demás, no obstante encontrarse encerrados, y en
algunos casos privados de toda comunicación con el exterior del buque, los habitantes del
33 Orientales lograrán llevar una vida placentera. Podían jugar ajedrez y a los naipes;
leer libros, escuchar radio o sentarse frente a un televisor, y, al cabo de contadas
semanas, comenzarían a recibir visitas que traerían consigo no ya el favor de un abrazo,
también botellas de whisky escocés y vino de buena cepa. Un encierro a todas luces
conveniente, tan sólo perturbado, en ocasiones, por los ecoicos llantos de Menem,
víctima de un profundo abatimiento pues los militares, de cuajo, habían hecho añicos
sus planes: un mes atrás, el 24 de febrero, con gran alborozo, había anunciado su
candidatura a la presidencia de la Nación para el comicio de 1977. Victorio Calabró
corrió mejor suerte. El general Viola, haciendo gala de fidelidad al compromiso asumido,
le permitió retirar sus pertenencias del despacho de la gobernación e instalarse
libremente en un departamento de Cabildo al dos mil, en la Capital Federal, donde nunca
jamás fue importunado.
La Asamblea Episcopal celebró con
religioso fervor la irrupción de las Fuerzas Armadas: "Sus armas son símbolo de
justicia cuyo fruto es la paz". Sacras palabras que habían de cobrar mayor
dimensión tres meses más tarde, el 28 de junio de 1976, a través de la boca del nuncio
apostólico Pío Laghi, quien de cara a las tropas del Ejército acantonadas en la región
de Concepción, en el interior de la provincia de Tucumán, a metros de uno de los tantos
campos de concentración que había montado el general Antonio Domingo Bussi, decía:
"El país tiene una ideología tradicional, y cuando alguien pretende imponer otro
ideario diferente y extraño, la nación reacciona como un organismo con anticuerpos
frente a los gérmenes, generándose así la violencia. Pero nunca la violencia es justa y
tampoco la justicia tiene que ser violenta; sin embargo, en ciertas situaciones, la
autodefensa exige tomar determinadas actitudes, y en este caso habrá que respetar el
derecho hasta donde se pueda. Los soldados cumplen con el deber prioritario de amar a Dios
y a la patria que está en peligro. Hay invasión de ideas que ponen en peligro los
valores fundamentales. Esto provoca una situación de emergencia y en esas circunstancias
es aplicable el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, que enseña que en tales casos el
amor a la patria se equipara al amor a Dios". Pío Laghi, un nuncio de veras singular
que, más allá de su tortuosa misión de emisario del Papa en la Argentina, era propenso
a platicar sobre política con Massera, luego, claro, de haber jugado tenis con el
almirante.
No había transcurrido siquiera un
mes desde el advenimiento del golpe de Estado cuando el joven Ruckauf apareció de
improviso en el estudio del doctor Alfredo Allende. En su memoria estaba el entredicho que
había tenido con el ex ministro de Frondizi a raíz de las tarifas, razón por la cual se
presentó en compañía de Rogelio Frigerio, líder del Movimiento de Integración y
Desarrollo, con el propósito de evitar reproches o sinsabores. Allende experimentaba un
hondo afecto por Frigerio, su jefe político, el hombre que le había franqueado más de
una puerta en su carrera, de modo que ofreció café a los visitantes y, sin decir
palabra, se dispuso a prestar oídos. Carlos, le dijo Frigerio, necesita que le hagas una
gauchada; tiene miedo; hay gente que lo busca; debe realizar un trámite y pide por favor
que lo acompañes. "Es acá nomás", dijo Ruckauf con afabilidad. "En
Retiro". Y ambos partieron hacia la zona de Retiro en el automóvil de Allende.
Cuando estaban a pocas cuadras de la estación de trenes, Ruckauf confesó el destino:
vamos al edificio de la Armada. Allende no pudo ocultar el asombro. "Lo voy a ver a
Massera. Con él no tengo ningún problema. Me protege. Pero con los otros, no sé".
Allende lo aguardó en el interior del automóvil durante una hora, tiempo que Ruckauf, en
el despacho del almirante, empleó para pedir favores y hacer una pregunta: por qué
habían detenido a Miguel. Massera le respondió: "El Ejército lo chupó y estoy
viendo si puedo modificar la situación. Y lo tuyo es parecido. Suárez Mason te quiere
chupar. En tu legajo escribió: `A este pendejo me lo traen a mí`".
Los días siguientes son para Ruckauf
un verdadero martirio. No sabe a qué atenerse. Perseguido por el Ejército y los
Montoneros, que el día 5 de febrero habían asesinado a su conocido Tarquini --el de la
Triple A, el de la revista El Caudillo-- en Quilmes, pero gozando de la protección de la
Armada, cuyo real peso en el triunvirato de militares desconoce. Su nombre, además, es
uno de los tantos que la Comisión Nacional de Reparación Patrimonial investiga con el
fin de establecer el origen de sus bienes. Las horas de angustia, sin embargo, serán
contadas. Ramón Ramírez, un suboficial de la Policía Federal que había sido custodio
suyo en el ministerio de Trabajo, reaparece a la manera de un salvador caído del cielo y
le hace saber que tiene una misión: permanecer a su lado continuamente. Será su
centinela, su chofer y también un hombro en el que podrá apoyar la cabeza; no hace falta
pagarle un peso; el Estado se encarga de sus honorarios. La situación de Ramírez es por
demás extraña. Custodio, simultáneamente, del intendente de la ciudad de Buenos Aires,
el brigadier ® Osvaldo Cacciatore, y de Carlitos, un ex ministro del gobierno derrocado.
"Cuando Marisa me llamaba porque necesitaba algo", rememora Ramírez, "yo
iba y la ayudaba. Yo la asistía, y también a los chicos. Los llevaba a la escuela, que
estaba a dos cuadras". Gracias al repentino y providencial regreso de Ramírez, a
partir de mediados de 1976 Ruckauf podrá desplazarse por la vida sin mayores sobresaltos.
"El tenía un estudio en Córdoba y Montevideo. No iba todos los días pero cuando
necesitaba me llamaba", continúa Ramírez. "Ibamos al cine todos juntos, en
patota; también al teatro Colón; a comer ...". También, al abrigo de la sombra del
suboficial, asistirá a los actos oficiales en la escuela donde cursa los estudios
primarios su hijo Carlos Germán, y podrá reír hasta desgargantarse en las
presentaciones de Les Luthiers.
Un pasar, diríase, tolerable,
desembarazado de opresivos temores y penurias, sensaciones que la mayoría de los
argentinos que conservaban o sostenían ideas políticas de cualquier naturaleza,
experimentaban cada día, a cada hora, en todo momento. Una época de la que no hay
fotografías que uno pueda contemplar y describir. Si las hay, Ruckauf debe de tenerlas a
buen resguardo.
Entretanto, las personas
desaparecían. Con urgencia. De la noche a la mañana y sin solución de continuidad. Y
los ojos de los otros nada veían, y los oídos de los otros gemido alguno oían. Y las
bocas de los otros parecían vanas aberturas, bocas sin fundamento, con talento apenas
para engullir en silencio. Había quienes en sus mesas de domingo exponían con orgullo
fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses y vinos de Portugal. Había mazapán
en las venas. Y en el alma había ajenjo, y pavor y culebras y extrañamiento. La
selección argentina había ganado el campeonato mundial de fútbol, motivo por demás
suficiente para elevar al paroxismo el atávico furor nacionalista que ha sido uno de los
rasgos más distintivos de la historia de la sociedad argentina. Un campeonato que la
dictadura había orquestado con el fin de echar por tierra la deplorable imagen que, con
sobradas razones, el país había adquirido en el extranjero. Los periódicos argentinos
continuaban refiriéndose al hazañoso equipo de Mario Kempes, y en los medios de
comunicación del exterior retumbaba la obscenidad del general Acdel Edgardo Vilas:
"Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora
en que el subversivo duerme. Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el
resultado es importante para nuestro objetivo".
No resultaba sencillo aprehender con
exactitud el significado que la dictadura le confería al término subversivo. A esa
palabra los militares la habían embarazado de espeluznantes y erráticas acepciones. En
esas diez letras cabían personas de cualquier edad y sexo; inválidas, lisiadas o a poco
de nacer. Cabían familias enteras. Carlos Grosso, acaso el principal asesor que Ruckauf
había tenido en el ministerio de Trabajo, al parecer pertenecía a esa inconmensurable
categoría de gente. Un grupo de tareas lo secuestró días antes del inicio del
campeonato mundial, y en un centro de detención clandestino pasó veintisiete días.
Mientras Ruckauf gritaba los goles de la selección argentina echado en el sofá del
living de su casa de Nicasio Oroño, sintiendo en la nuca el hálito protector del
empleado de Cacciatore, Grosso era sometido a brutales torturas que habían de dejarle
maltrecha la mandíbula. Lo liberaron la noche en que la selección argentina perdió con
la de Italia.
En esas semanas, últimas del
invierno de 1978, tras un período de encierro en el penal militar de Magdalena, Lorenzo
Miguel fue trasladado a su casa de la calle Murguiondo, en Villa Lugano, para permanecer
bajo arresto domiciliario. La buena fortuna del padrino político de Ruckauf fue
consecuencia de la negociación que meses antes, en un hotel cercano al Aeropuerto
Internacional Charles De Gaulle, en París, había llevado adelante Massera con miembros
del Consejo Superior del Peronismo en el exilio, entre ellos Casildo Herreras, ex
secretario general de la CGT; el dirigente sindical Raymundo Ongaro, en representación de
la izquierda peronista, y Héctor Villalón, un enigmático hacedor de asechanzas
políticas vinculado al tráfico de armas que, como antecedente más próximo en el
tiempo, lucía la acusación formulada por la justicia francesa sobre su presunta
participación en el secuestro del ejecutivo Revelli Beaumont, de la empresa FIAT.
Es que en aquel tiempo Massera había
comenzado a brindarle forma y tamaño a su peculiar proyecto político, fundado en la
absorción de todos los sectores peronistas proclives a rendirse a sus pies, a ignorar el
estado de terror impuesto por el almirante y sus cómplices, y a sumarse alegremente a una
aventura cívico-militar de cuño populista. Un proyecto que había de florecer años más
tarde, primero a partir del lanzamiento del Movimiento Nacional para el Cambio, y, con
posterioridad, a través de la promoción del Partido para la Democracia Social.
Aunque las reuniones políticas
estaban prohibidas en todo el país, con prontitud la casa de Villa Lugano cobrará todas
las características de un salón habilitado por la Armada para realizar allí inofensivos
conventículos. Los encuentros de Miguel con sus amigos y confidentes se tornan
habituales. Lesio Romero, titular del gremio de la Carne; Roberto García, del sindicato
de taxistas; Carlos Gallo, ex diputado, dirigente del gremio de Telefónicos; Herminio
Iglesias, Rafael Cichello, y, claro, Ruckauf, son los concurrentes más puntuales. En
ocasiones Massera se hace una escapada. El almirante ha favorecido la situación de
Miguel, incluso el continuo desfile de personas por su casa, pero, desde luego, el
anfitrión debe rendirle cuentas acerca de lo que allí ocurre. Debe referirle cada una de
las palabras, cada una de las opiniones e ideas que corren en los encuentros. La libertad
de Miguel y sus amigos para entregarse a peñas políticas será definitivamente amplia e
irrestricta cuando, en abril de 1980, la Junta militar informe a Lorenzo que el arresto
domiciliario ha finalizado. La ubicuidad de Ruckauf a lo largo de ese tiempo de muerte y
oprobio, es admirable. Ríe con Massera, dialoga con Miguel, pasea por la ciudad de la
mano del suboficial Ramírez, ha sido empleado por Diego Ibáñez para trabajar como
asesor legal en el Sindicato Único de Petroleros del Estado (SUPE), y, de sopetón,
comienza a frecuentar las mesas del Florida Garden. Estamos a mediados de 1981 y en el
pituco bar de Paraguay y Florida un ecléctico grupo de artistas, intelectuales,
políticos y periodistas ha adoptado la costumbre de sentarse a una mesa, tres, cuatro
veces a la semana, con el propósito de cambiar ideas e información acerca de los
vaivenes de la dictadura, y animar el recobro, lerdo, pusilánime, pero perceptible, de la
palabra política. Allí, cualquier día, con el crepúsculo, era posible sorprender a
Enrique Nosiglia, Alicia Barrios, Jorge Assís y Joaquín Morales Solá; Leopoldo Moreau,
Jorge Domínguez, Sergio Renán e Isidoro Gilbert; Ricardo Kirschbaum, Juan Bautista Yofre
y María Laura Avignolo,entre otros, sumergidos en acaloradas discusiones. En esas
tertulias Ruckauf establecerá una especial correspondencia con Guillermo Cherasny, un ex
oficial de Inteligencia de la Marina que ahora había metido el cuerpo en el disfraz de
periodista, y Miguel Brezzano, dirigente radical que, como Cherasny, como Ruckauf, gozaba
del aprecio de Massera.
En una mesa del Florida Garden, en
los días previos a la marcha contra la
dictadura que habrá de realizarse el 30 de marzo de 1982 en Plaza de Mayo, Ruckauf
perderá la compostura y, a borbollones, dejará escapar una porción de su esencia:
"Hay que ir a la marcha. Todos tenemos que ir. Pero si los bolches van, hay que
llevar cadenas". Llegará el último gran despropósito de la dictadura, ese
disparate llamado Guerra de las Malvinas que condujo a la muerte a cientos de jóvenes, y
al cabo de la luctuosa aventura, más allá de la epidemia de patrioterismo que durante
meses habría de atacar a millones de argentinos, tendrá inicio el ocaso final del poder
militar que por años había asolado al país. Acorralada por sus propias miserias, presa
del desprestigio internacional, en la última semana de febrero de 1983 la Junta resuelve
convocar a elecciones nacionales. La fecha establecida, 30 de octubre, hunde a los
partidos políticos en un caótico apresuramiento.
El radicalismo no demora en confiar
su buena fortuna en la fórmula Raúl
Alfonsín-Víctor Martínez. En el Partido Justicialista, conducido por su
vicepresidente, Lorenzo Miguel, a causa de la lejanía de Isabel, todavía
enclaustrada en Madrid, se absorbe la misma atmósfera que podía absorberse con
anterioridad al golpe de 1976. Para los jerarcas del peronismo el tiempo parece no haber
transcurrido. Entre ellos, con increíble testarudez, predomina el sueño de patria
metalúrgica. Los nombres se repiten: Miguel, Ibáñez, Ruckauf, Luder, Unamuno, Iglesias.
Espejo, cada uno de ellos, y a su manera, desde luego, de los principios más
conservadores, violentos y retrógrados del peronismo. Con extraño frenesí se ponen a
clamar por el retorno de Isabel a la Argentina; la declaran jefa indiscutida del
movimiento obrero y peronista; a Madrid envían una y otra vez emisarios que regresan
doblegados por una realidad, nada novedosa, que les cuesta creer: para Isabel la vida
está en otra parte; no habla, no responde, no emite siquiera una palabra de aliento. La
mujer da la impresión de haber sufrido una repentina afasia. Las conversaciones para
conformar las listas de candidatos, pues, giran alrededor de lo que Miguel dispone. Tan
sólo Roberto Digón, Carlos Holubica, Antonio Cafiero y Mario González, fundadores del
Movimiento Unidad, Solidaridad y Organización (MUSO), intentan proporcionarle al debate
un tibio aire de renovación. Pero es en vano. Lorenzo es propietario absoluto de la
estructura, razón por la cual no tarda en desalentarlos, primero, e integrarlos a una
lista de unidad posteriormente. Cafiero, no obstante, rehuye a la tentación y anuncia que
disputará la candidatura a la gobernación de la provincia de Buenos Aires con Herminio
Iglesias. Miguel, Ruckauf y Luis Santos Casale, ex oficial de la Marina mercante y, al
igual que los primeros, cultor de la estampa de Massera, son los hacedores de las listas.
Envalentonado por la holgada victoria que obtiene en la Capital Federal frente a la
corriente de Julio Guillán --dirigente de la línea Convocatoria, liderada por Carlos
Grosso-, Ruckauf comete un error que lamentará por años. Rechaza el consejo y
ofrecimiento de Miguel: encabezar la nómina de candidatos a diputado nacional. No, de
modo alguno, repone. El cargo de diputado no lo satisface. Está persuadido de que el
peronismo triunfará en el comicio nacional, en todos los distritos, por tanto bien puede
pretender la consecución de un cargo honorífico de mayor prestigio. Quiere ser senador
por la Capital. Y Lorenzo acepta. Juan José Taccone, dirigente de Luz y Fuerza, es
designado segundo candidato a la senaduría. El irreductible poder del sindicalismo en el
interior del Partido Justicialista será por completo manifiesto semanas más tarde,
cuando Iglesias, en el transcurso de un congreso repleto de irregularidades y grotescas
escaramuzas, logre imponer su candidatura a la gobernación, a pesar de los ulteriores
pataleos legales de su oponente, Antonio Cafiero. Miguel, en fin, había hecho y deshecho
a su antojo. Una faena que tendría como festivo final, sesenta días antes del comicio,
la proclamación de la fórmula presidencial Italo Luder-Deolindo Bittel. La catadura de
los candidatos del justicialismo causa en Massera un irrefrenable contento. Su partido,
para la Democracia Social, hace saber que no presentará candidatura propia a la
presidencia de la Nación, y, a través de una carta que remite a los medios de
comunicación desde el apostadero naval Buenos Aires, el almirante, carnet nº 478 en la
logia P2, informa que la pareja Luder-Bittel es la más apropiada para retomar el camino
democrático. "Cómo se han equivocado aquellos que supusieron que destruyendo mi
personalidad moral iban a conseguir frustrar nuestro movimiento", escribe Massera en
la misiva. "En primer lugar, porque yo no estoy derrotado ni mucho menos. En segundo,
porque nosotros hemos recogido las antiguas y vibrantes banderas nacionales a las que
agregaremos la fertilidad de una renovación histórica". Idéntica postura asume en
la provincia de Buenos Aires, donde pasa a retiro a sus candidatos y decide plegarse a
Herminio Iglesias. Las palabras que días más tarde formulará el ex ministro Angel
Federico Robledo, sumadas a las apreciaciones de Massera, serán tomadas por el
radicalismo como una confirmación de la denuncia hecha por Alfonsín acerca de la
existencia de un pacto militar-sindical. "Las Fuerzas Armadas", dirá Robledo
con notable inocencia, "prefieren un triunfo electoral del justicialismo antes que el
ascenso de los radicales con la figura de Raúl Alfonsín".
Ruckauf, entonces, flota, se echa a
andar por la ciudad lleno de alegría, lanzando por toda parte su discurso revolucionario.
La certeza de una victoria le ha provocado una embriaguez de la que no consigue librarse.
Un día, con los primeros resplandores del sol, va al puerto de Buenos Aires y suelta su
arenga: "¡Herminio en Buenos Aires, yo en la capital y Luder en la presidencia,
garantizamos que vuelven los días peronistas!". Ladeado por Taccone, el suboficial
Ramírez, y una decena de matones va a Plaza Houssey y de cara a cientos de estudiantes
universitarios vocifera: "¡Aquí está el movimiento, el pueblo peronista!. El
ejemplo de la conducción de Perón, Evita e Isabel. ¡Aquí estamos los que fuimos
perseguidos, hambreados, con nuestros muertos y desaparecidos, dispuestos a construir el
cuarto gobierno peronista!. Les vamos a demostrar a los gorilas que nosotros somos la
vida, y lo vamos a concretar sin revanchas y con justicia".
Un adelanto de los días peronistas
cuyo regreso Ruckauf ha prometido, sucede en el acto de cierre de la campaña del Partido
Justicialista, horas antes del comicio, en la avenida Nueve de Julio. Acaso un millón de
personas que al compás de bombos y matracas gritan:" ¡Siga, siga, siga el baile, al
compás del tamboril, que el domingo lo aplastamos, lo aplastamos a Alfonsín!";
"¡Se murió Illia, se murió Balbín, y el 30 de octubre se muere Alfonsín!".
Enormes retratos de Isabel, Evita y Perón le brindan al palco oficial un aire cargado de
misticismo y melancolía. Una llovizna perezosa e intermitente envuelve a la muchedumbre.
Juan Carlos Rousselot, locutor, viejo compinche de López Rega, es el maestro de
ceremonias que, sin tomarse respiro, informa a cada minuto: "¡Ya somos dos millones
de peronistas!". Ruckauf y Cafiero han sido los primeros en poner los pies sobre el
escenario. Entre el gentío es posible advertir decenas de féretros en cuya tapa
sobresale la sigla UCR o, sin rodeos, el apellido Alfonsín.
Acontados metros de Rousselot, la
actriz Libertad Leblanc alza una mano, con dedos sostenidos hace la V y luego se pone a
firmar camisetas en las que han estampado Herminio es Pueblo. Litto Nebbia, Jaime Torres,
Ana María Picchio e Irma Roy echan palmadas al aire. Y Rousselot repite a viva voz:
"¡Ya somos dos millones de peronistas!".
De pronto, en la noche peronista del
obelisco, suena el cántico: "¡Paso, paso, paso, se viene el Peronazo!".
A partir del 24 de marzo de 1976, y
hasta las últimas semanas de la dictadura, hubo, no caben dudas, un exterminio
planificado. Más de cuatro mil desaparecidos en 1976; 342 por mes; once por día. Más de
tres mil en 1977; 238 por mes; ochopor día ... El ochenta por ciento de los treinta mil
desaparecidos tenía entre 16 y 35 años. Trescientos cuarenta campos clandestinos de
detención diseminados a lo largo del país. La dictadura no sólo había abovedado a una
generación de políticos, dirigentes e intelectuales, cuya presencia en esos momentos
resultaba vital. A lo largo de siete años de hecatombe y barbarie que de manera ocurrente
habían resuelto denominar Proceso de Reorganización Nacional, los militares habían
elevado de siete mil millones a cuarenta mil millones de dólares la deuda externa.
También habían favorecido el enriquecimiento de una decena de empresarios que desde
entonces dominan los movimientos del país. Pero, por sobre todas las cosas, mediante el
terror, habían logrado encapuchar a una sociedad, enredarla entre los pliegues del
olvido, trastornarle la identidad. Hacer del país, en fin, una ilimitada tierra yerma.
Por donde pasan, decía Tácito, los romanos dejan un desierto y lo llaman paz. En el
desierto que había dejado un gobierno de asesinos tenebrosos, Ruckauf había sabido
moverse con la sabiduría de un beduino. [Fuente: Hernán López Echagüe, del libro "El hombre que
ríe". Escritor y periodista argentino, 13ene01]
MAS INFORMACION EDITADA POR EL EQUIPO
NIZKOR
Sobre los juicios relacionados con Argentina http://www.derechos.org/nizkor/arg/informes.html
Sobre los juicios argentinos en general http://www.desaparecidos.org/arg/juicios/
Sobre los casos italianos (ficheros) http://www.derechos.org/lidlip/grusol/
Sobre el caso de españoles desaparecidos en Argentina http://www.derechos.org/nizkor/arg/espana/
Sobre el caso de desaparecidos en Chile y caso Pinochet http://www.derechos.org/nizkor/chile/juicio/
Sobre los juicios en Alemania http://www.desaparecidos.org/arg/coalicion/
Declaración del Equipo Nizkor y Derechos Human Rights sobre la impunidad en Argentina,
Julio 2000 http://www.derechos.org/nizkor/arg/doc/impunidad.html
Declaración del Equipo Nizkor a propósito de la Mesa de Diálogo en Chile, 19jun00
http://www.derechos.org/nizkor/chile/doc/nizkor.html