Cuando Argentina y su gente gozaba del Estado de bienestar y la clase política era más sensible a las necesidades populares que a las apetencias del capital, se decía que los únicos privilegiados eran los niños. Esto no pretende ser ni un elogio del peronismo ni de la clase política de aquella época, aunque - vale la pena decirlo - comparada con la actual sacaba ventaja, no tanto por sus bondades como por la incapacidad de la que hoy dirige a los tumbos nuestros destinos. Pero, sí se trata de recordar algo que fue una realidad, con o sin carga de demagogia, la gente - que se llamaba pueblo - en general, y los niños, en particular, gozaban de ventajas que hoy ha perdido. Los chicos ya no tienen asegurada la educación, la salud, la vivienda digna ni un porvenir más o menos seguro. Enfermedades que habían sido erradicadas como la tuberculosis y que son enfermedades de la miseria, han vuelto. Los políticos de hoy, al menos los que detentan el poder, están mucho más preocupados por "honrar la deuda", frase postmoderna e indigna, que en devolver a los niños algunos de los derechos que enfáticamente consagran los tratados incorporados a la Constitución Nacional en 1.994. Pero, hay algo peor aún. La Provincia de Buenos Aires tiene un gobierno justicialista, como se llama hoy de manera un tanto vergonzante al peronismo y en ese, el principal distrito electoral, a los "únicos privilegiados" que buscan en la mendicidad una salida a la miseria degradante en que viven, se resolvió meterlos presos o algo parecido. A otros ex privilegiados se los incorpora a la gendarmería o a la policía de Jujuy. Otros, que la pasan un poco mejor, parece que comen hamburguesas contaminadas. Y aquí se presenta un tema que sí preocupó a los modernos políticos. No quedar mal con la transnacional de la comida chatarra. Por lo que dicen diarios de ayer, el gobierno nacional hizo saber al de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires de su preocupación por las clausuras de los locales que venden la chatarra. Cuando faltan apenas días para una nueva elección perece que la clase política argentina está empeñada en un nuevo ensayo de suicidio general y esta vez victimizando no solo a los excluidos del sistema sino también a sus hijos.-