27/11/00


Una definición tan antigua como ingenua de la democracia, dice que se trata del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Nuestra Ley Fundamental establece que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes. Si se cumplen esas premisas, por ingenuas y antiguas que suenen, tendríamos que es el voto popular lo que legitima a los gobiernos y a la vez contiene y expresa el mandato que los representantes deben cumplir para mantener su legitimidad. Si esto es así, el pueblo no debería verse en la necesidad de adoptar medidas como en nuestros días son; entre otras, los piquetes y los cortes de ruta. Si fallan la representatividad y el mandato expresado en las urnas se tergiversa, ¿dónde está la legitimidad? ¿en la resistencia o en la represión?. El fin de semana que pasó se produjo un hecho que vino a demostrar una vez más que la falta de representatividad, la ausencia de liderazgo, crea cada vez más confusión en la clase política argentina posterior al Terrorismo de Estado. Mientras tanto la gente - eso que antes se llamaba pueblo y que hoy pocos de animan a nombrar de esa manera - se organiza de manera espontánea. Todos quieren y nadie puede capitalizar esas expresiones de protesta. Las discusiones superestructurales no tienen nada que ver con las necesidades populares. Esas discusiones han desnudado un fenómeno de nuestra política que va de lo converso a lo travestido. Hugo Moyano, que viene de la Juventud Sindical Peronista, fuerza de derecha de los 70 acusó a Patricia Bulrich de haber sido en aquella época tirabombas. Hoy puede decirse que a pesar de su macarteada, Moyano está a la izquierda de la Ministro de Trabajo. En la Alianza las cosas se ponen cada vez más negras y el futuro se complica. Mientras tanto, en los derechos fundamentales de los marginados y empobrecidos nadie piensa, o porque no quieren o porque el Fondo Monetario Internacional no se lo permite.

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