4/12/00


El Lunes pasado decíamos, reconociendo cierta ingenuidad, qué debe entenderse por democracia o que se entiende, tradicionalmente, por democracia. Tal vez con la misma ingenuidad, hoy podamos decir que un requisito básico del estado de derecho es que todos somos iguales ante la ley. Sin embargo, la realidad, que no tiene nada de ingenua, nos demuestra lo contrario. Sin justificar - cosa que jamás hemos hecho - la acción militar, debemos ocuparnos una vez más de los presos por el ataque al cuartel de La Tablada. Hace unos días, la organización HIJOS, un periodista y un fotógrafo, descubrieron que el genocida Emilio Massera se burlaba una vez más de la justicia y de todos los argentinos y salía a pasear por los alrededores de su enorme quinta. Él y sus cómplices, condenados y luego indultados, jamás conocieron una cárcel. Magdalena, no es precisamente Caseros, ni Devoto. Los miembros del Movimiento Todos por la Patria llevan más de una década presos en duras condiciones. Fueron sometidos a un juicio que violó las normas internacionales al no contar con algo elemental, como es el derecho de apelar una decisión judicial. Los organismos internacionales de derechos humanos repudiaron los indultos. También repudiaron el juicio sin doble instancia por La Tablada. Vaya paradoja. No se han escuchado claras y generalizadas declaraciones políticas contrarias a los paseos de Massera. Sin embargo, se han secado varias gargantas oponiéndose a cumplir las recomendaciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos relacionadas con el asalto al cuartel, su recuperación y el posterior juicio. Como se ve, también es ingenuo creer que en esta democracia todos somos iguales ante la ley.-

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