26/02/01
En la historia argentina las fuerzas armadas casi siempre estuvieron ligadas a los intereses económicos dominantes y a la consecuente represión del pueblo. Asociar al ejército que todos hemos conocido con una figura como la del General José de San Martín aparecía como un infructuoso ejercicio intelectual y la práctica dejaba reservada para el bronce o los libros escolares, la figura del viejo militar que, no casualmente, murió en el exilio. Al menos desde 1.930 las fuerzas armadas usurparon tantas veces el poder que - hasta 1.983 - sólo dos presidentes culminaron sus mandatos y uno de ellos era militar. Fueron también el brazo ejecutor del genocidio de los habitantes originarios de nuestro país. El 24 de marzo de 1976, hace casi veinticinco años, impusieron el Estado terrorista, con su secuela de desaparecidos, muertos, presos, exiliados. Muy pocos pueden decir que no han sido víctimas directas o indirectas de esos militares invasores de su propio país, que - una vez más - sirvieron a intereses extraños a los de las grandes mayorías. En este contexto, es muy dificil el elogio a un militar, por parte de alguien comprometido con la plena vigencia de los derechos humanos. Sin embargo, cuando se trata de José Luis D'Andrea Mhor, ese elogio fluye con absoluta naturalidad. Él perteneció a ese pequeño grupo de militares dignos que se opusieron al terrorismo de Estado y por eso fueron sancionados. Claro que sancionados por los reglamentos burocráticos; pero, recibidos en su seno por un pueblo al que se negaron a masacrar. Hoy integran el CEMIDA (Centro de Militares para la Democracia Argentina). Son una rara especie. Han perdido, hemos perdido, a un inclaudicable defensor de los derechos que otros militares lesionaron con impudicia que mantienen bajo el pacto del silencio y los beneficios de leyes y decretos que nos avergüenzan y que les han dado impunidad. José Luis D'Andrea Mhor dejó testimonios implacables de la represión de la que no quiso participar. No ha entrado al bronce ni a los textos escolares, tal vez no llegue nunca a esos lugares. Pero, estará definitivamente instalado en la memoria del pueblo argentino que lo recuerda con el mismo dolor y con la misma sonrisa que la despedida de sus restos provocó ante cada evocación de su rica personalidad.-