12/3/01


La historia reciente de la Argentina estuvo signada por el estigma de la vergüenza. El 24 de marzo de 1976, luego de muchas interrupciones de la vida institucional por parte de ellos, los militares instauraron el Estado terrorista y nuestro país se hizo conocido en el mundo entero por una palabra espantosa: "desaparecido". Recuperada la democracia como consecuencia del fracaso de la aventura de Malvinas, de las luchas de los organismos de derechos humanos y del pueblo en su conjunto y porque a Estados Unidos ya no le convenían esas formas brutales de dominación, Argentina se hizo nuevamente conocida por otro término vergonzante "impunidad". El 24 de marzo de 1.996 una manifestación impresionante repudió el vigésimo aniversario del golpe terrorista, entonces, un grupo de fiscales españoles, promovió un juicio contra los genocidas argentinos. Ese juicio no fue el único y para vergüenza de todos, Argentina, nuestro país, pasó a ser el único lugar seguro para los asesinos. La vergüenza de esa etapa podría haber sido la palabra "aguantadero". La impunidad llegó de la mano de las vergonzantes leyes de Punto Final y Obediencia Debida, arrancadas a punta de bayoneta a un Congreso que prefirió debilitar la democracia antes que consolidarla dejando que se haga justicia. Claro que los jueces también aportaron su cuota de complicidad, salvo honrosas excepciones, porque convalidaron esas leyes, verdaderos esperpentos que el derecho internacional rechazó. Después la vergüenza vino de la mano de los indultos. Pero, hace unos días, empezamos a sentir que - tal vez - superemos la vergüenza. Un juez, Gabriel Cavallo, perforó la malla de la impunidad que tanto daño nos hizo. No importa lo que haga la Corte con ese fallo, ya nada va a ser como antes, ya tenemos derecho a un poco menos de vergüenza. Los organismos de derechos humanos, buena parte de la sociedad argentina y un sector de su justicia, tienen motivo para sentirse mejor. Y todos tenemos un compromiso irrenunciable. El próximo 24 de marzo reventar la Plaza de mayo y así ratificar el compromiso con los derechos humanos y respaldar a los jueces que tengan lo que hay que tener y pongan lo que hay que poner, como lo hizo Gabriel Cavallo.-

Lea la sentencia completa. Haga clik

Volver al índice
Volver a derechos humanos