9/4/01
Nunca supuse, aunque sí fue mi deseo, que en Argentina viéramos una operación "mani pulite". El Poder Judicial de nuestro país, sobre todo durante la década menemista; pero, no solamente durante ese lapso histórico, fue manipulado por el poder político. Eso no se debió sólo a debilidades o imposibilidades de neutralizar presiones y mantener la independencia institucional del cuerpo, sino a conveniencias que derivaron en un descarado tráfico de influencias, padrinazgos y un tramado de protecciones recíprocas que garantizaran la impunidad, formándose un sistema corrupto que avergüenza y entorpece la consolidación definitiva de nuestro débil sistema democrático. El Poder Judicial, desde el quiebre de las instituciones por la prepotencia militar, allá por setiembre de 1.930, siempre se prestó dócilmente para legitimar el avasallamiento de las instituciones democráticas y de los derechos humanos. Pero, nunca como a partir del 24 de marzo de 1.976. Los jueces siguen en deuda con el pueblo argentino. Recuperada la democracia en 1.983, los jueces fueron utilizados para silenciar la protesta social. Es lo que se llama hoy judicialización de la política o judicialización del conflicto social. Dentro de este cuadro poco alentador, vemos que la justicia está diezmada por renuncias, suspensiones y remociones de jueces. El Consejo de la Magistratura, saboteado por la corporación judicial y el poder político, no atina a hallar una solución adecuada. Sin embargo, se van perfilando algunas señales alentadoras. Así, el fallo de Gabriel Cavallo perforando la malla de la impunidad, al declarar la nulidad de las leyes espúrias de Punto Final y Obediencia Debida. Esta sentencia que apareció como un dato aislado, condenado al fracaso, ha recibido el inesperado espaldarazo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que ha convertido al Juez aislado y odiado, en nuestro Baltasar Garzón, ya que tan dados a las comparaciones somos los argentinos. Por otro lado, el juez Jorge Urso detuvo a Emir Yoma. Es el golpe más fuerte y más cercano que recibió el menemismo. Habrá de verse si la justicia se atreve a avanzar en la lucha contra la impunidad de los genocidas y contra la impunidad de los corruptos. Este golpe de Urso al centro neurálgico del menemismo no podrá sino comprometer a Domingo Cavallo, el moderno hidalgo cervantino, al que llamamos para "desfacer" los entuertos que él mismo nos legó y al propio ex Presidente Carlos Saúl Menem, de quien se dice que a estas horas está bastante preocupado. Si los jueces argentinos se sacan de encima la escoria de su espíritu corporativo y de la sumisión al poder político, nuevos aires soplarán por Talcahuano, por Comodoro Py y otros reductos de la justicia argentina.Y, en realidad, hoy por hoy, esto parece inevitable.-