4/6/01
La situación de los derechos humanos en Argentina sigue deteriorándose ante la pasividad de la sociedad. Decir sociedad es poco menos que decir nada y a la vez puede ser muy injusto. La llamada clase política comparada con lo que pudimos vivir hace varias décadas tiene cada vez menos clase y menos política. A ese sector de la sociedad, al que representa a los partidos mayoritarios, que son lo que se han alternado gobierno y oposición en los períodos democráticos de nuestra historia, la cuestión de los derechos humanos parece importarle poco. Da la sensación de que la situación los supera y que no tienen respuesta ante el avance cada vez más claro, más coherente, más despiadado de eso que ahora se llama los mercados. Este plan de concentración brutal de capital, con su secuela inevitable de desempleo, hambre, desocupación y marginalidad, no puede sino sentar las bases para la inseguridad. Esto no quiere decir ni mucho menos que pobreza sea sinónimo de delincuencia, aunque ese es el mensaje que se da desde los sectores que tienen muy en claro que sólo podrán gozar de las migajas del poder, si incrementan la represión. Lo que antes se llamaba clase media y que ahora es media jodida, tiene miedo y no invento nada si recuerdo que no hay nada más reaccionario que ese sector de la sociedad cuando se asusta. Por eso el discurso de la mano dura prende. Se está por dar más poderes a la policía y eso no va a servir más que para que haya más violaciones a los derechos humanos. A la sociedad asustada parece no importarle que elementos policiales estén sospechados de tantos delitos. Prefiere poner al lobo a cuidar a las ovejas. Todo esto es muy peligroso. La justicia empleado el término con la misma arbitrariedad con que empleé los otros términos tampoco asegura nada. Los jueces dieron una batalla descarnada y descarada para que el Consejo de la Magistratura no tuviera facultades para controlar su morosidad. Perdieron en la Cámara de Diputados. Perdieron en la Cámara de Senadores. Pero, ganaron el veto presidencial. Les dio el gusto un Presidente que accedió por el voto popular y que hoy defiende a sospechados de actos de terrorismo de Estado o comparte palcos con condenados perdonados por su antecesor. El futuro de los derechos humanos no está en manos de los políticos, ni de los jueces, ni de la sociedad asustada. Está, como siempre, en manos de eso que hoy se llama gente y que antes se llamaba pueblo.-