25/06/01
La política de
derechos humanos del gobierno de la Alianza ha sido el eje de muchas de las columnas de La
Radio Va y actualmente, de estos micros de los días lunes. Se trata de un campo rico,
curioso, contradictorio, que pone de manifiesto las dificultades que presenta un proyecto
que tuvo por objetivo fundamental la expulsión del poder del menemismo y que apareció
agotado al poco tiempo de asumir Fernando de la Rúa. Para limitarnos a la política de
derechos humanos, las contradicciones, reconocen un marco de insoslayable análisis:
cuando se acercaba la posibilidad de que la Alianza accediera al poder, de la mano del
cínico teorema Baglini, los candidatos viajaban a Estados Unidos de
Norteamérica a asegurar la confianza de los verdaderos detentadores de ese poder,
besarles el anillo y hacer profesión de fe
en este modelo de exclusión que, por esencia y definición, es violador de los derechos
humanos. Con esto podría decirse que está todo dicho. La contradicción entre la
declamación de la vigencia plena de los derechos humanos y la defensa a rajatabla del
modelo, es insalvable. Pero, a esa contradicción madre, deben agregarse contradicciones
menores, tal vez de naturaleza más política que ideológicas, entre un Frepaso
desorientado y un radicalismo en el que los sectores conservadores y de derecha avanzan
cada vez con más decisión. Lo que ha venido a patear el tablero es la decisión de lo
que antes se llamaba pueblo y ahora se enmascara como la gente, de recuperar,
al menos en parte, los derechos más elementales que ha perdido aceleradamente luego de
ganarlos en siglos de luchas. El Ministerio del Interior se puso en manos de un radical
conservador como Ramón Mestre, que ve guerrilla en los piquetes que luchan por $1,20
diarios para comer. El propio Fernando de la Rúa salió a desmentirlo. Juan Pablo
Cafiero, última migaja de poder frepasista en el Ministerio del imposible, es decir, de
Desarrollo Social, viajó a General Mosconi, se reunió con los piqueteros Pepino
Fernández y Oscar Ruiz, a quienes su colega Mestre busca como delincuentes. Las
contradicciones están tan a la vista como la imposibilidad y falta de vocación del
Estado argentino por cumplir los Tratados Internacionales que aseguran a los habitantes de
este país los derechos económicos sociales y culturales, que para la mayoría se reducen
hoy a poder llevar a sus bocas un pedazo de pan cada día.-