1/10/01


Mientras los Estados unidos y sus aliados, se aprestan a poner en riesgo a un planeta que ellos mismos han devastado con sus industrias y sus deshechos, a los defensores de los derechos humanos se les presenta una disyuntiva. La lucha por la plena vigencia de esos derechos nunca ha sido sencilla ni lo será en esta complicada coyuntura. Posiblemente dentro de las fronteras de la propia potencia hegemónica se presenten las mayores dificultades. En grandes marchas realizadas por la paz mundial en Norteamérica se enfrentó el pensamiento pacifista, que reclama cordura y cautela en la sanción del mayor acto de terrorismo sufrido en su historia, con el pensamiento que reclama venganza a cualquier precio para calmar la profunda herida de su sentimiento patriótico exaltado al infinito, como suelen hacer en toda ocasión, los norteamericanos. Ese sentimiento patriótico se aproxima más a un sentimiento imperial, que festeja los crímenes que ocurren lejos: en Vietnam, en Japón, en América latina y los justifica con patrióticas invocaciones a un significado de libertad y democracia de la que ellos se sienten dueños. Así y todo, los norteamericanos comprometidos con la defensa de los derechos humanos, luchan. Incluso a riesgo de ser llamados traidores a la Patria, como insinuó su Presidente. Pero esta aventura ciega dirigida contra un enemigo que nadie sabe a ciencia cierta quien es, puede ocasionar esas otras muertes que el pueblo norteamericano sufre intensamente y que es la de su propia juventud arrastrada a estas cruzadas. Si no se imponen la cordura y la razón, la sed de sangre de los norteamericanos tal vez se calme; pero tal vez también se ahogue en la sangre propia. Y esta es la tragedia que los luchadores de los derechos humanos quieren evitar con las campañas que han lanzado en todo el mundo, al que quieren salvar de la destrucción.-

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