El Plan Colombia: Un gran negocio
Escribe: Fernando Montiel T.

La lógica intervensionista para el control geopolítico del cono sur a la que responde el Plan Colombia esta fuera de cualquier discusión. El imperativo estratégico de los Estados Unidos en Nuestra América es el mismo que tuvieron los españoles desde el siglo XV: El control de los recursos naturales y el sometimiento de la población, ambos, requisitos indispensables para hace lo que en la lógica del capital se conoce como un “buen negocio”; es decir, que la tasa de crecimiento de la ganancia de unos pocos tenga una relación directamente proporcional al sufrimiento que provoca en las mayorías.

Millones de personas inocentes viven en estos momentos en Colombia el infierno de encontrarse en una guerra civil en la que mujeres son violadas, niños martirizados, y hombres desmembrados con motosierras, y aún, existe quien sonríe al norte del río Bravo: los doce grandes. Son mercaderes de la muerte cuyos ingresos forman parte del PNB estadounidense, más aún, son los hijos consentidos del imperialismo pues su actividad de necrofilia empresarial rinde frutos de millones de dólares. Algunos de ellos proporcionan el software bélico y algunos más proporcionan el hardware. Entre los primeros encontramos a corporaciones como Military Professional Resources Inc. (MPRI) y DynCorp, empresas privadas que prestan servicios al Pentágono desde hace años en materia de entrenamiento policial y capacitación de tropas.

Tan solo por este concepto, DynCorp. percibe ingresos anuales de alrededor de 1,200 millones de dólares. Ambas corporaciones son actores conocidos e indispensables en el Plan Colombia, fundadas por militares norteamericanos retirados, su tarea principal -además de la labor cosmética de “asistir en el combate antinarcóticos”- (como la “fumigación” y “servicios relacionados” actividades por las que cobran alrededor de 635 millones de dólares) es el entrenamiento del ejército en técnicas de contrainsurgencia y la formación –junto con la CIA- de cuerpos paramilitares tanto en Colombia como en el Perú. Estos mercenarios son los encargados de transferir el know how del terrorismo de Estado del siglo XXI a los gobiernos de las oligarquías colombianas para derrotar a unas robustecidas FARC-EP y al ELN.

Por su parte, entre las corporaciones que proporcionan el hardware bélico encontramos viejos y nuevos actores en conflictos convencionales. En el Plan Colombia, fiesta dantesca en la que cada quien coopera con su cuota de muerte como mejor le conviene, Lockheed Martín colabora con sistemas de radar de alerta temprana para mejorar las tareas de la aviación P-3 AEW (para guerra anti subversiva) actualizando cuatro radares APS-138 en radares APS-145. Todo esto con un valor de 68 millones de dólares. Por su parte, Ayres Corporation no se queda atrás y pone su grano un arena por 54.5 millones de dólares: fue contratada para optimizar en aparatos OV11, los aparatos OV10 de la fuerza aérea colombiana y para modernizar los programas interdiction aircraft, A-37, OV-10 y Tucán. De los 54.5 millones, 20 fueron para la adquisición de una nave Ayres S2r T-65 para la dispersión de herbicidas, nave que dicho sea de paso puede servir para llevar a cabo operaciones de guerra química con defoliantes. Para operaciones menos encubiertas como en las que sería utilizado el aparato de Ayres Corporation, Bell Helicopter Textron facilitará a los cuerpos de seguridad colombianos 42 helicópteros Huey II equipados con un motor T53 para mejor desempeño a gran altitud a cambio de 75.6 millones de dólares. Doce de estos aparatos de guerras serán utilizados por los cuerpos policíacos mientras que el resto serán destinados a uso militar.

En el mismo tenor, United Technologies Corporation, Sikorsky Aircraft recibirá 234 millones de dólares por 18 helicópteros Blackhawk, de los que dos serán para uso policiaco mientras que 16 serán de uso militar. Por si esto fuera poco, 5 helicópteros del tipo K-MAX de uso pesado y su respectivo mantenimiento por cuatro años serán proporcionados por Kaman Aerospace Corporation, para supuestas operaciones “anti narcóticos” en Perú; aparatos y servicio, a cambio de 32 millones de dólares. Northrop Grumman Corporation también no se queda atrás en la escala bélica estadounidense en el país sudamericano y entusiastamente cooperará con un avión Northrop Grumman (NOC) RC-7 multifunción de reconocimiento aéreo (ARL-M) que será entregado al Ejército Estadounidense por 30 millones de dólares. Finalmente, y para tener una idea del nivel de importancia que tiene el Plan Colombia, encontramos que no solo aparatos bélicos convencionales están siendo adquiridos sino también armamento de alta tecnología, tal es el caso del avión Schweizer SA 2-37 equipado con sensores infrarrojos forward looking que habrá de ser comprado a la Schweizer Aircraft Corporation, y que oficialmente servirá para apoyar con inteligencia orgánica a los batallones antinarcóticos del ejército colombiano (aunque es claro que su uso también podría estar enfocado para actividades contrainsur-gentes).

Finalmente, hay que decir que transnacionales como DuPont, Monsanto y Agricultural Biological Control (Ag/Bio Con) tienen un papel trascendente en el Plan Colombia pues son las encargadas de facturar los herbicidas que habrán de ser utilizados para la “erradicación” de los cultivos de narcóticos y que en el proceso habrán de contaminar gravemente el territorio colombiano provocando graves secuelas al ecosistema. Excluyendo a Monsanto, DuPont, MPRI y a Agricultural Biological Control (Ag/Bio Con, cuyos ingresos por participar en el Plan Colombia desconocemos, encontramos que las ocho compañías restantes habrán de llevarse al menos 1,138 millones de dólares por venta de equipo y capacitación de personal, esto es no menos del 87.54% de los 1,300 millones de dólares con los que habrá de participar el gobierno de Estados Unidos en el mismo proyecto. Esta cifra nos muestra que, en términos reales, los beneficiarios de la abrumadora mayoría de los recursos que habrán de ser inyectados por Washington no serán los colombianos en el área del conflicto, sino las empresas que componen el complejo militar-industrial de los EE.UU.

Es decir, una de las funciones principales del Plan Colombia es proporcionar una justificación al gobierno norteamericano para invertir en el desarrollo de su industria militar, particularmente en el rubro de armamento convencional. La fuerte inversión en el corto plazo que el gobierno estadounidense -primero con Clinton y ahora con Bush- esta realizando en el marco del Plan Colombia tiene un solo objetivo: asegurar los recursos del Amazonia y afianzar su presencia en América del Sur, región en la que en los últimos años han cobrado fuerza los movimientos de liberación continental anti imperialistas –que han venido a fortalecer a la incansable Cuba- como en Ecuador, Colombia, México, Venezuela y muy probablemente, en el futuro cercano, Argentina y Brasil. De todo esto podemos concluir que como es evidente, la guerra es un muy buen negocio para los integrantes del complejo militar-industrial estadounidense en el corto plazo, como lo es en el largo plazo para el régimen imperial de las oligarquías.

Si bien es cierto en la perorata típica de la educación empresarial se habla de que el mejor de los negocios es aquel en el que todos ganan, el realismo político se impone a las utopías academicistas de los apologistas del libre mercado: el mejor de los negocios es el que proporciona a los dueños del poder la mayor cantidad de dinero a cambio, no de tranquilidad, paz, democracia, derechos humanos o cualquier otra de esas veleidades idealistas, sino a cambio de la paz de los sepulcros. En este sentido, Vietnam, Camboya, América Central y muchos países más, tienen una larga y triste historia que contar. 

 

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