Úselo y
tírelo
Eduardo Galeano
La sociedad de consumo ofrece fugacidades. Cosas, personas; las cosas
fabricadas para durar, mueren al nacer, y hay cada vez más personas arrojadas a
la basura desde que se asoman a la vida. Los niños abandonados en las calles de
Colombia, que antes se llamaban gamines y ahora se llaman desechables, y están
marcados para morir. Los numerosos nadies, los fuera de lugar, son
"económicamente inviables", según el lenguaje técnico. La ley del
mercado los expulsa por superabundancia de mano de obra barata. El Norte del
mundo genera basuras en cantidades asombrosas. El Sur del mundo genera
marginados.
¿Qué destino tienen los sobrantes humanos?. El sistema los invita a
desaparecer; les dice: "Ustedes no existen".
¿Qué hace el Norte del mundo con sus inmensidades de basura venenosa para la
naturaleza y la gente? Las envía a los grandes espacios del Sur y del Este, de
la mano de sus banqueros, que exigen libertad para la basura a cambio de sus
créditos, y de la mano de sus Gobiernos, que ofrecen sobornos.
Los 24 países desarrollados que forman la Organización para la Cooperación en
el Desarrollo Económico del Tercer Mundo produce el 98% de los desechos
venenosos de todo el planeta. Ellos cooperan con el desarrollo regalando al Tercer
Mundo su mierda radioactiva y la otra basura tóxica que no saben dónde meter.
Prohíben la importación de sustancias contaminantes, pero las derraman
generosamente sobre los países pobres. Hacen con la basura lo mismo que con los
pesticidas y abonos químicos prohibidos en casa: los exportan al Sur bajo otros
nombres.
En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente en chatarra para
que bien se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias, las cosas se
agotan en un santiamén, como las imágenes que dispa ra la ametralladora de la
televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza al mercado.
El Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse en su
caricatura. Pero la sociedad de consumo -dime cuánto consumes y te diré cuánto
vales- invita a una fiesta prohibida para el 80% de la humanidad. Las
fulgurantes burbujas se estrellan contra los altos muros de la realidad. La
poca naturaleza que le queda al mundo, maltrecha y al borde del agotamiento, no
podría sustentar el delirio del supermercado universal, y al fin y al cabo, la
gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para
garantizar el equilibrio de la economía mundial mediante sus brazos baratos y
sus productos a precio de ganga. En un mundo unificado por el dinero, la
modernización expulsa mucha más gente que la que integra.
Para un innumerable cantidad de niños y jóvenes latinoamericanos, la invitación
al consumo es una invitación al delito. La televisión te hace agua la boca y la
policía te echa de la mesa. El sistema niega lo que ofrece; y no hay valium que
pueda dormir esa ansiedad ni prozac capaz de apagar ese tormento. La lucha
social aparece en las páginas políticas y sindicales.
El mundo de fin de siglo viaja con más náufragos que navegantes, y los técnicos
denuncian los "excedentes de población" en el Sur, donde las masas
ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento día y
noche. ¿"Excedentes de población" en Brasil, donde hay 17 habitantes
por kilómetro cuadrado, o en Colombia, donde hay 29? Holanda tiene 400
habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés se muere de hambre; pero en
Brasil y en Colombia, un puñado de voraces se queda con todos los panes y
peces.
Cada vez son más los niños marginados que, según sospechan ciertos expertos,
"na cen con tendencia al crimen y la prostitución". Ellos integran el
sector más peligroso de los "excedentes de población". El niño como
amenaza pública, la conducta antisocial del menor en América, es el tema
recurrente de los Congresos Panamericanos del Niño desde 1993.
A principios de siglo, el científico inglés Cyril Burt propuso eliminar a los
pobres muy pobres "impidiendo la propagación de su especie". Al fin
de siglo el Pentágono anuncia la renovación de sus arsenales, adaptados a las
guerras del futuro, que tendrán por objetivo los motines callejeros y los
saqueos; y en algunas ciudades latinoamericanas, como Santiago de Chile, ya hay
cámaras de televisión vigilando las calles.
El sistema está en guerra con los pobres que fabrica, y a los pobres más pobres
los trata como si fueran basura tóxica. Pero el Sur no puede exportar al Norte
estos residuos peligrosos, que se multiplican cada día. No hay manera de
"impedir la propagación de su especie", aunque según al arzobispo de
San Pablo, cinco niños caen asesinados cada día en las calles de las ciudades
brasileñas, y, según la organización Justicia y Paz, son niños buena parte de
los 40 desechables que cada mes caen asesinados en las calles de las ciudades
colombianas.
Tampoco se puede mantenerlos escondidos, aunque los desechables no existen en
la realidad oficial: la población marginal que más ha crecido en Buenos Aires
se llama Ciudad Oculta y se llaman ciudades perdidas los barrios de lata y
cartón que brotan en los barrancos y basurales de los suburbios de la ciudad de
México.
No hace mucho, los desechables colombianos emergieron de debajo de las piedras
y se juntaron para gritar. La manifestación estalló cuando se supo que los
escuadrones parapoliciales, "los grupos de limpieza social", mataban
indigentes para venderlos a los estudiantes que aprenden anatomía en la
Universidad Libre de Baranquilla.
Y entonces Buenaventura Vidal, contador de cuentos, les contó la verdadera
historia de la Creación. Ante los vomitados del sistema, Buenaventura contó que
a Dios le sobraban pedacitos de todo lo que creaba. Mientras nacían de su mano
el sol y la luna, el tiempo, el mundo, los mares y las selvas, Dios iba
arrojando al abismo los desechos que le sobraban, pero Dios, distraído, se
había olvidado de la mujer y del hombre, que esperaban allá en el fondo del
abismo, queriendo existir. Y ante los hijos de la basura, Buenaventura contó
que la mujer y el hombre no habían tenido más remedio que hacerse a sí mismos,
y se habían creado con aquellas sobras de Dios. Y por eso nosotros, nacidos de
la basura, tenemos todos algo de día y algo de noche, y somos un poco tierra y
un poco agua y un poco viento.